El Rey no está desnudo


“Nuestra época es, de modo especial, la de la crítica. Todo ha de someterse a ella. Pero la religión y la legislación pretenden de ordinario escapar a la misma. La primera a causa de su santidad y la segunda a causa de su majestad. Sin embargo, al hacerlo, despiertan contra si misma sospechas justificadas y no pueden exigir un respeto sincero, respeto que la razón sólo puede conceder a lo que es capaz de resistir un examen público y libre” I.Kant Crítica de la Razón Pura. Nota k prólogo a la primera edición.

A diferencia del conocido cuento, aquí (Reino de España) y ahora (finales del 2007), el Rey no está desnudo. Está cubierto con un manto de oscuridad y de impunidad. Aquí no se trata de que nadie vea lo evidente, sino de que no dejan a nadie ver. ¿Ver qué? Que la máxima institución del Estado no está sometida a control alguno. No es responsable ante la ley, ni ante los tribunales, ni ante el Parlamento. No puede ser criticado, ni controlado, ni satirizado. No declara a Hacienda (Hacienda no somos todos: falta el Rey), ni tiene responsabilidades, ni paga impuestos. Sus cuentas y sus gastos son desconocidos. Su fortuna y patrimonio secretos. Y gran parte de sus actividades también.


¡Y ay de quien ose de gritar que el Rey está vestido¡ Entonces, caerán sobre él todas las legiones de nuevos cortesanos, que van desde las marmotas de la Prensa Rosa, hasta los severos jueces de la Audiencia Nacional. Y después… el resto es silencio, que diría Hamlet. Más de dos siglos después de que Kant describiera la atracción fatal que la santidad y la majestad tienen hacia las tinieblas del poder incontrolado, ambas instituciones siguen en las mismas.

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